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viernes, 29 de octubre de 2010

EDGARDO RIBEIRO


(MIRANDO EL CERRO)


(CARRO LECHERO EN EL PUERTO)

(DIQUE SECO)


(PUERTO 1950)





Adiós a un maestro de la plástica uruguaya

J.A.
www.elpais.com.uy/.../esp_urugud_205852.asp -

(Edgardo_Ribeiro_-_Antonia_Ramis_Miguel_-_Alceu_Ribeiro)



Edgardo Ribeiro, que murió el miércoles en Maldonado a los 84 años, había nacido en Artigas en 1921 pero se estableció en Montevideo (becado por la Intendencia de su departamento) en 1939. A partir de esa fecha, el hombre se convirtió en algo más que un pintor: figuró entre los primeros alumnos de Joaquín Torres García, integró ese taller durante largos años y formó parte de la Asociación de Arte Constructivo, que fue el grupo de torresgarcianos presentes en numerosas muestras colectivas que se sujetaron a la disciplina del taller. En 1953, Ribeiro hizo su primer viaje a Europa, que fue muy sensibilizador para su obra, pero amplió esos itinerarios con una visita al altiplano (Perú, Bolivia) en 1958, luego de lo cual —a partir del premio que lo llevó nuevamente a Europa en 1964— se movió frecuentemente por esos mundos, desembocando en una radicación de once años en su querida Mallorca, de la que regresó al Uruguay (a su casa de Las Delicias, en Maldonado) hacia 1984, aunque seguía yendo y viniendo.
El año pasado la Galería Latina reunió una obra mayormente juvenil y casi desconocida de Ribeiro, en una muestra de homenaje que tuvo notable éxito y que permitió a mucha gente reencontrarse con varias vertientes de su producción, desde los retratos o los paisajes hasta los bodegones o las composiciones constructivistas. El amplio catálogo que acompañó esa exposición también fue una herramienta para refrescar la memoria sobre la dilatada trayectoria del artista, que al margen de sus trabajos personales fue un maestro que fundó talleres en varias ciudades del interior, ejerció el profesorado de dibujo en Secundaria y figuró como profesor de pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes, oficio que no abandonó por cierto en Mallorca, donde formó a numerosos discípulos. Esa vertiente agregó siempre un sesgo de fertilidad adicional a su carrera y a su vida.
Junto a su hermano Alceu otorgó duradero prestigio a un apellido que para los uruguayos queda indisolublemente ligado al arte plástico, sobre todo porque la modalidad expresiva de ambos ha tenido un parentesco ya no biológico pero sí visual. La pintura de Ribeiro puede ser inconfundible para el contemplador a través del trazo suelto y la levedad de materia con que resolvía sus obras, lo cual prestaba a muchos de sus paisajes una calidad aérea que fue su sello personal. El fervor con que se volcó toda la vida a su tarea, se transmitió a su hijo y sin duda a una legión de alumnos que son el principal sector dedicado a preservar su memoria.
Puede ser kilométrico enumerar la cadena de exposiciones que Ribeiro realizó a lo largo de seis décadas de actividad, pero conviene hacer referencia a los premios, desde el concedido en 1943 por Amigos del Arte, los de Salones del Interior a partir de 1951 y el gran premio del Salón Nacional, que recibió en 1955, sin olvidar la beca derivada de la VI Bienal Nacional de Artes Plásticas, que él ganó junto a Vicente Martín en 1964. Pero esos reconocimientos figuran en todo caso junto a la hilera de muestras individuales en Montevideo, en el interior y en Buenos Aires, París, Tokio, México y Washington, entre otras.

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